Una república
liberal, parlamentaria, con economía abierta, gestionada por sus dueños, que
consolide nuestro legado dependiente pero sin renunciar al sueño de grandeza de
una Argentina potencia basada en el esfuerzo personal. En síntesis, mantener
vivo el relato de una clase dirigente que a fines del siglo XIX y principios
del XX hizo grande a la Argentina y que el primer peronismo vino a arruinar.
Ese es el
imaginario movilizador de libertadores del 55 y procesistas del 76. Los métodos
criminales no hablan de su locura sino de las dificultades que encontraron para
hacer posible la ecuación del país semi colonia pero con aires de grandeza. La
deuda externa y la fascinación con el dólar barato fueron un hallazgo que
permitió fusionar --siempre durante periodos cortos-- estas dos cuestiones
incompatibles: el lugar real que ocupamos de un país dependiente y periférico,
con los delirios del destino de grandeza de pertenecer al club de los grandes
del mundo que anidan en una parte no menor de nuestra población.
Los
norteamericanos en plena Guerra Fría le imprimieron una línea general y
sencilla para el hemisferio a estos sueños de nuestras elites: anticomunismo y
neoliberalismo. Un programa sencillo para ser ejecutado por democracias
vaciadas o por dictaduras cuando no se pueda lograr el camino al anticomunismo
y la libertad de mercado con buenos modales.
Este relato
sostiene que el peronismo, el de las décadas del cuarenta y cincuenta, su
industrialización asistida y artificial, el poder desmesurado de la clase
obrera, el estatismo agobiante y el tercermundismo, han sido el gran obstáculo
para una modernización de la economía y para que Argentina alcanzara su destino
de potencia. El golpe del 76 también viene a cumplir de manera brutal este
sueño: una Argentina liberal y moderna sin peronismo. En el contexto puntual de
esos años, también sin comunismo.
Martínez de Hoz
seguramente creyendo en su rol histórico de poder desatar para siempre las
fuerzas modernizadoras de la Argentina obturadas por "35 años de
socialismo estatizante y agobiante", como dijo en la presentación de su
programa económico el 2 de abril de 1976, le grita tres años después a un grupo
de empresarios: "Nosotros hicimos lo que ustedes pidieron durante décadas,
ahora les toca a ustedes". ¿Qué les reclamaba? Que inviertan, que no
pongan más excusas. El trabajo sucio --el exterminio-- ya estaba hecho. El
sueño de nuestras elites, no incluye pareciera, la inversión productiva.
Con la misma
recuperación democrática, el alfonsinismo logra rearmar una cultura progresista
que va a modificar tenuemente la ecuación impuesta de democracias tuteladas:
del énfasis en democracia liberal y libre mercado propondrá democracia liberal,
derechos humanos y una agenda social, "con la democracia se come, se cura
y se educa", frase que está en el podio de frases de la historia de
nuestra democracia y que retoma Alberto Fernández para cerrar su discurso el
día que asumió.
La derecha
acorralada refunfuñará por lo bajo que la izquierda derrotada de antaño se
disfrazó en democracia bajo el paraguas de los derechos humanos, que posibilitó
el aumento del delito y tergiversó el pasado setentista. En estos últimos años,
la derecha política y social se sumará de manera militante a enfrentar la
nuevas agendas: feminismo, educación sexual integral y aborto.
El PRO, parido
por la crisis del 2001, revive la potente agenda de la UCeDé, el partido
fundado por Alvaro Alsogaray y su hija María Julia, en los ochenta, que se
esfumó en su mejor momento al ver que el peronismo de la mano de Menem asumía
sorpresivamente su programa. El PRO, electoralmente, logra llegar mucho mas
lejos: ganar, con el radicalismo deglutido, una presidencial en el ya lejano
2015.
La irrupción de
Milei y de Espert es hija del fracaso de la ilusión de Cambiemos. La ilusión
del gobierno que había despertado las esperanzas de un quiebre definitivo con
la "Argentina progresista" cimentada desde el alfonsinismo y que el
kirchnerismo, hijo también de ese 2001, había radicalizado y profundizado.
Los que
esperaban de Macri el despido de un millón de empleados públicos, el fin de los
planes sociales, o un indulto a los genocidas, se desilusionaron y varios de
ellos acusaron a su gobierno de "kirchnerismo de buenos modales" bronca
que reaparece con el insulto de Milei a Larreta diciéndole "zurdo de
mierda", buscando capitalizar una derecha que expresa una enorme
desilusión de la experiencia de Cambiemos en el poder sumando al siempre útil
discurso de la antipolítica que recorre todo el espinel.
La coalición
Juntos sabe que en la tentación de derechización está el peligro de dejar de
ser una opción de mayorías, teniendo que manejar una prudente distancia con las
utopías explícitas e inconclusas de sus padres no reconocidos.
Las balas que
harían de un delincuente un queso gruyere, como expresó Espert, y la escena
bizarra del casi disparo de un custodio de la militante negacionista Victoria
Villarruel a un candidato propio en el festejo electoral en el bunker de Milei,
expresan una derecha bravucona, envalentonada, que recluta al peor submundo de
nuestra sociedad pero que no se siente sola: Bolsonaro, Vox en España, y el
pinochetista hijo de un oficial de las SS Alemanas en Chile que disputa la
presidencia, le dan el impulso de creer que son parte de una nueva ola.
Este espacio sin
duda no alcanzó todavía su techo, que no puede ser mas del 10 por ciento
nacional, una minoría intensa pero importante en el tablero del 2023, sobre
todo en momentos de ausencias de mayorías claras.
* Guillermo Levy es sociólogo, profesor UBA y Undav; autor del libro La Caída, de la ilusión al derrumbe de Cambiemos (Marea editorial, 2020).
